LA SILLA

Esmeralda seguía escribiendo en su diario, para no olvidar los pequeños detalles que estaba viviendo, todo era tan maravilloso que no alcanzaba a creérselo y quería poder releerlo más adelante, incluso pensaba en leerlo cuando con él cumplieran las bodas de plata, o las de oro de primer beso. Quería poder embargarse de los sentimientos que colmaban su corazón en aquel momento.

Despertarse cada día al lado del hombre de los ojos verdes hacía que su día fuera fantástico sólo porque él estaba allí compartiendo las sábanas con ella y cuando él iluminaba el amanecer con su verde mirada ella tenía un motivo para vivir viéndose reflejada en sus ojos.

<Como no vivía en mi casa empecé a retomar viejos hábitos de cuando era pequeña o más joven porque en aquella casa no tenía mis cosas, tan solo tenía mi viejo portátil, algo de ropa, y mis costumbres.

Así que me enfoqué en retomar las buenas y dejar las malas.

Empezaba a sentir que engordaba por no hacer nada debido a la inactividad que tenía aquello de tener que estar en reposo por el accidente.

Le pedí una bicicleta que había visto en su trastero e intenté hacer algo de ejercicio, pero me fue imposible, el dolor de la espalda me dejaba bloqueada tras unos pocos cientos de metros.

No poder subir a la bici como cuando era pequeña fue un gran golpe emocional, me costó mucho hacerme a la idea de que no podría dar paseos en bici como siempre, porque también los solía dar en mi juventud.

Opté por caminar, la verdad era que la zona en la que sus padres tenían la casa no era especialmente bonita, estaba en la zona norte de una de las tres ciudades de la provincia a la que mis padres me llevaban siempre de vacaciones, a mi padre siempre le gustó volver a sus raíces cuando podía y cuando dejó de patrullar y pasó a un puesto administrativo en la oficina central de la Guardia Civil de la central en la calle de Guzmán El Bueno en Madrid.

Era un bloque de  casas en una zona  retirada de una aldea que pasaría por tranquila, pero colindaba con un polígono industrial cercano a la ciudad, la casa tenía poca iluminación natural porque las ventanas eran pequeñas en las habitaciones, como en todos los bloques de construcción antigua y pobre y daban bien a otros bloques, bien a bosques de altos eucaliptos que les cerraban el paso a la luz.

Todo aquello fue alentándome  a que retomara otra pasión que mi padre me inculcó de pequeña, la fotografía.

Caminaba durante horas y tomaba fotografías de las cosas más inverosímiles que nadie se pudiera imaginar, siempre quedarán en mis retinas especialmente un bosque de chopas que en sus troncos parecían tener ojos dibujados.

El cansancio y el dolor en la espalda al regresar a la casa me obligaba a tumbarme, pero no a dormir, y es que no me gusta dormir a deshoras, porque me desorganiza las horas de descanso.

Así que si caminaba unas horas por los aledaños de aquella casa al regreso él me mimaba y me daba un largo masaje en los pies, de los pies pasaba a las piernas, sin prisa pero sin pausa iba subiendo hacia las rodillas metiéndose después por la zona de la corva de las rodillas y la cara interna de los muslos,  dejando el centro del deseo que suponía el monte de Venus de lado, pasaba a acariciar la piel de encima de la cadera haciendo que ésta quisiera cabalgar.

Subía y bajaba al son de sus dedos, de sus trémulas caricias.

Era entonces cuando el masaje lo desplazaba a su objetivo real: mis pechos.

Primero los atacaba con toques largos y suaves que evitaban con total premeditación las areolas y los pezones, usaba las yemas de los dedos para tocarme, pero como si fuera el suave toque de una pluma.

Le gustaba respirar cerca de la zona que estaba tocando y ver cómo reaccionaba mi piel erizándose, y cuando ya se acostumbraba al roce cogía el aceite que teníamos en la mesilla y lo vertía sobre mi abdomen para masajear mis pechos con mayor fruición.

De los pechos pasábamos a todo lo demás, a lo que la imaginacion y las ganas nos hicieran volar y volar como si fuéramos ingrávidos.

Pero no todos los días eran igual, aunque hiciéramos lo mismo.

El norte la tierra de mi padre es muy bonito, pero tal como él solía decirme, “para que se mantenga tan bonito hay que regarlo, Neni”, y cuando llovía que eran muchos días, mi mayor pasatiempo fue volver a escribir como cuando era una estudiante de primero de B.U.P. o cuando años después me quedé embarazada de mi primer hijo y en un sueño concebí mi primer libro.

Muchas tardes cogía mi viejo ordenador para escribir, pasaba horas frente al teclado y después de escribir un cuento o un artículo se los leía a él.

Una tarde especialmente lluviosa del mes de mayo después de comer fregué la vajilla y me senté frente a la mesa porque tenía una historia rondándome la cabeza y toda la trama quería salir por mis dedos ávidos de letras.

En cuando la tuve lista le pedí que dejase de jugar a lo que fuera que estuviera jugando para prestarme atención, nunca fui buena para interpretar las caras de la gente, sus gestos, las miradas y lo que cada una de ellas significaban salvo que fueran personas muy expresivas o las conociera desde hacía mucho tiempo.

Él no era una persona a la se pudiera tildar de transparente.

No supe ver en ese momento que su gesto era de “joder qué pesada”, su cara, la que no supe leer ni interpretar me decía claramente “no me dejas jugar esta partida plasta”, aún así dejó aquella partida y retiró la silla para que quedase claro que me iba a prestar atención, sonrió con cara de circunstancias que tampoco supe identificar porque yo estaba entusiasmada con mi cuento, orgullosa con mi idea, creía que había plasmado muy bien la idea, la trama y el desenlace de las personas, así que comencé a leérselo con una voz un poco dubitativa.

Él debió ponerse cachondo con aquella situación que le dejaba claramente con dotes de mando y plegó su ordenador, levantó su mano y con un gesto me indicó que quería que me acercase, giré mi portátil hacia su zona de la mesa que compartíamos  y mi silla, pero bajó la mano parando la silla y mi gesto de desplazarla, dejando así muy claro dónde quería que me sentase al darse dos palmaditas en su muslo izquierdo.

Obedecí y me senté sobre sus muslos, sus piernas eran fuertes, muy fuertes, anchas, musculosas y eso no me hacía sentir que hubiera cogido aquellos kilos que tanto me pesaban, él con su altura y su envergadura me hacía sentir pequeña y delicada.

Escuchó mi cuento mientras me iba acariciando mi larga melena que solía decir que le gustaba tanto, no me cansaba de oírle decir que todas las mujeres con las que había estado habían sido morenas, que no le gustaban las rubias y yo era la única rubia con la que había estado y que no quería ni mirar a ninguna otra mujer.

Mesaba mi pelo mientras leía, acariciaba mi cuello lentamente con las yemas de los dedos haciendo que algún tipo  de extraña conexión con mis pezones se encendiera como si hubiera estado ahí, dormida esperando solo por y para él.

Me susurró al oído que no dejase de leer y que lo hiciera despacio.

De vez en cuando me sugería que aquí o allí debería poner una coma, aquel  siempre había sido mi punto débil.

Llegados a ese punto el hombre de los ojos verdes pasó a tocarme el costado, justo donde todo niño teme que le hagan cosquillas, es una zona donde si se sabe lo que se hace es altamente erógena, y debido a aquel roce mis caderas empezaron a moverse como un barco mecido por un suave oleaje que él detectaba con sus muslos bajo mis caderas.

Entonces metió la mano izquierda entre mis muslos aprovechando que llevaba una de las pocas faldas que había tenido en mi vida empezó a tantearme sin llegar al objetivo final que era mi clítoris.

Había cierto morbo en que los vecinos pudieran vernos, porque aunque enfrente teníamos uno de aquellos bosques de eucaliptos, a derecha e izquierda había dos bloques de edificios con gente que podrían vernos follar en aquella silla.

Tocarme por encima de las bragas presionando los labios era uno de sus juegos favoritos, notar cómo se mojaba la tela le ponía muy cachondo y para aquel momento yo ya no podía leer porque prácticamente estaba ensartada en aquel miembro que era más grande que un vaso de tubo.

Me levantó sin esfuerzo y se desabrochó el cinturón y los botones del vaquero, se bajó el calzoncillo y se volvió a sentar para sentarme sobre él, apartó mis bragas jugando a estirarlas logrando que la presión de la tela me hiciera gemir, mi gemido hizo que cayera en la cuenta de que hacía unos segundos que ya no me oía leer.

  • Vuelve a leerlo, creo que no me he quedado con la historia – me susurró al oído apartándome el pelo de la oreja y mirándome al reflejo de la ventana con una sonrisa pícara que yo veía reflejada en la pantalla del ordenador con más definición.

Solté una carcajada que cortó frotando mi clítoris con el borde de la braga estirando de ella arriba y abajo, con una mano en mi monte de Venus y la otra donde el culo termina de ser dos cachetes, yo lo froté contra su regazo y él también gimió.

Me agarró con sus manos gigantescas y en una sintonía ideal mientras él me levantaba para ensartarme en su polla acertando de pleno penetrándome mientras yo abría las rodillas y apartaba las bragas justo a tiempo y él me frotaba con el anular y e medio sin contemplaciones el clítoris, pero me apretaba los labios desde fuera con el índice y el meñique.

Apoyó mis omóplatos en la parte frontal de sus hombros y luego con cada mano me cogió una corva de mis rodillas dejándome suspendida sobre su polla,  me levantaba y me bajaba a un ritmo trepidante, sentir aquel miembro tan ancho y tan largo entrando dentro de mí me dejaba sin aliento, más si cabía porque yo no controlaba absolutamente nada.

Era algo así como el mito del helicóptero en el que la mujer es suspendida dentro de  una red que se cuelga del techo y en tal  posición que pueda ser penetrada vaginalmente mientras es girada, pues algo así, pero yo sin girar, yo sentía la fuerza de sus brazos y de sus piernas suspenderme y eso me hacía ponerme más cachonda aún.

  • Tócate para mí Neni

Yo jamás me había masturbado delante de nadie, pero tal como me tenía suspendida en aquella posición él no podía seguir masajeando mi hinchado clítoris como solía hacer.

Su petición me puso aún más cachonda y obedecí, aquel orgasmo fue el primero y luego llegó otro seguido, y luego  otro y cuando mi muñeca tuvo un calambre él me posó sobre sus muslos y retomó el papel de masturbador llevándome hasta un séptimo orgasmo.

Fue entonces cuando me di cuenta de que él controlaba cuando correrse, se levantó y me intercambió el sitio para que yo quedase sentada me dijo que quería ver cómo quedaban ellas con su corrida, señalando hacia mis tetas y yo sonreí.

Cuando acabó de masturbarse para mí y sobre mí fuimos a la ducha y mientras me frotaba la espalda me dijo que deberíamos escribir juntos.

No cabía más felicidad en mí.

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4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Tengo que confesarte que es la primera vez que te leo pero me ha sido muy grato. Tu texto tiene una sensualidad desbordante y bien tratada. Me alegra haber entrado en tu blog y espero seguir leyéndote.

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    1. Victoria dice:

      Muchas gracias.
      Te recomiendo que cuando tengas un rato lo leas de forma inversa, o sea, del primer post al último para que entiendas la historia y cómo avanzan los personajes.
      Espero que te quedes tan enganchada como yo escribiéndolos 😉
      Gracias y buenas noches 😘

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      1. Estoy buscando donde está la primera entrada de la historia. Gracias a ti por ofrecer tu historia generosamente a todo el mundo 🙂

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      2. Victoria dice:

        Bueno, es una historia que he tenido en un cajón unos cuantos años en bocetos, pero que dejé abandonada por mis estudios en la universidad.
        Era una paradoja porque escribía poco y aún así tenía muchos seguidores, muchos “me gusta” y muchos comentarios que además eran generalmente positivos.
        La verdad es que me sorprendió mucho y por eso he continuado, pero tengo una legión de amistades que son escritores/ as que me dicen que debería mandar el manuscrito a alguna editorial.
        En fin…

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