RETUMBAN LOS TACONES DE VICTORIA

Cuando unos años más tarde Esmeralda se divorcia decide regresar a aquel lugar en el que había sido feliz, aquel en el que alberga los más bellos recuerdos de la niñez.

Sin embargo, de ninguna manera piensa en tener un encontronazo con Ricardo, quien se lo hizo pasar tan mal unos años atrás.

Él es algo del pasado, una piedra del camino con la que no volvería a tropezar, por más caprichoso que quisiera ser el destino ella es más tozuda que mil destinos.

Así que se instala en un pequeño apartamento en una zona residencial de Gijón, las cosas ya no son lo que eran, el trabajo no viene a buscar a nadie a la puerta de su casa, la sociedad se desmorona en miles de sentidos.

Ella tiene sus ahorros y lo que le corresponde del divorcio, no ha quedado sin ingresos, además está libre y dispuesta a disfrutar de esa recién adquirida libertad.

Ha llegado a la ciudad en Abril, un mes que detesta profundamente, pero decide dejar atrás sus miedos y sus tabús porque está realmente decidida a adaptarse a la vida allí.

Los conciertos, las fiestas, los eventos se suceden en una ciudad que es lo que ella llama como Los Ángeles en España, y sus más de treinta kilómetros de carril bici la hacen una ciudad muy atractiva.

El mar, las playas cercanas, sus gentes, su simpatía, la gastronomía, como muchas otras cosas hacían de aquella ciudad y sus alrededores un lugar estratégico para vivir, y lo fue conociendo poco a poco.

También pensando en estar ocupada se matriculó en la universidad, y buscó un trabajo a media jornada. Trabajar le proporcionó el primer grupo de contactos.

El azar le puso delante a un antiguo conocido, mal amante ese azar.

Pero también pensaba que con alguien había que entretenerse mientras llegaba alguien digno de ocupar su cama, pero aquel conocido poco a poco se supo introducir en su cama sin contarle los verdaderos motivos.

Una noche acudiendo a uno de los conciertos que el Ayuntamiento ofrecía frente a la playa de uno de  sus grupos favoritos, se cruzaron con él, Ricardo.

Lo primero que hizo fue mirar a su acompañante, intentando ver si se había percatado de que la expresión de su cara había pasado de la felicidad al mutismo y la perplejidad.

Ricardo iba de la mano de una mujer distinta a la que le vio en el juzgado años atrás, pero lo que más le aterrorizaba era que la hubiera visto, fingió que se atusaba el pelo y sin hablar, para que él no reconociera su voz le señaló a aquel pobre instrumento el Acuario para que se dirigieran hacia allí.

Bailó y cantó hasta quedarse afónica.

Sudó todo el miedo, bebió tanto como le apeteció perdiendo el pánico perdida entre la gente.

Y su “chico” bebía también, era él el encargado de ir a reponer las bebidas a cada poco a la barra que habían ubicado en medio del paseo, fue en una de esas ocasiones cuando Ricardo se acercó a ella y le clonó el móvil, con eso tendría toda la información sobre ella.

La siguiente vez que aquel ser que le pareció tan prescindible se volvió a ir a la barra, fue tras él y también clonó su teléfono.

Estaba a dos metros detrás de ellos, y la sonrisa de Ricardo indicaba que ya estaba maquinando algo en su mente, pero la mujer que iba a su lado no sabía leerle ni interpretarle como supo Esmeralda en sus días juntos, pero ella estaba de espaldas a él bailando y él tenía una tremenda erección viendo sus caderas otra vez moviéndose delante suyo.

La siguiente vez que aquella caricatura de hombre se fue a la barra a por bebidas, él también se acercó diciéndole a aquella mujer que era mucho mayor que él que la cerveza se le había calentado y girándose se sacó la camisa de dentro del pantalón intentando que su grandísimo miembro no fuera perceptible para todos como lo era para él, le palpitaba de lo excitado que estaba.

En la barra hizo lo posible por situarse junto a aquel tipo, delgado, escuchimizado, bajito, de pelo ralo, avejentado, ojos azules gatunos, que estaba mirando su móvil y él encendió el suyo también para monitorizar qué hacía.

Le causó gracia que estando en un concierto con una gran mujer se dedicase a chatear con otra y le mandase mensajes de alto contenido sexual, mas que nada porque eso indicaba que estaba solapando ambas relaciones; si Ricardo tuviera una segunda oportunidad no volvería a solapar ni un pago, ya no una relación con otra mujer.

El tipo dejó de hablar con aquella tía que tenía pinta de ser un travesti y entró en una página de apuestas, allí realizó una apuesta de quinientos euros a que un jugador del Real Madrid metía el tercer gol antes del minuto veintiuno de la segunda parte.

Ricardo de la carcajada  casi echa el hígado por la boca, ¡menuda ocurrencia! ¿quién podría ser tan aventurado para hacer semejante predicción?, salvo un incauto, claro.

Ricardo tiró por la calle del medio y se aventuró a coger el toro por los cuernos.

  • ¡Hola! – Le dijo elevando la voz entre el griterío del concierto y ofreciéndole la mano al pobre inculto. – Me llamo Rodrigo, he visto que acabas de apostar al partido de mañana, yo también he apostado, pero sin tiempos.
  • Hola, yo soy Germán, es que soy el mayor seguidor de Ronaldo.
  • ¡Oye chico! – Dijo Ricardo viendo que Germán recogía sus bebidas ya de la barra. – Dame un papel y un boli. – Espera hombre, que te apunto mi teléfono, soy de Avilés y si te cuadra alguna vez ver allí el partido pues me avisas.

Y del papel que el camarero le dio hizo dos pedazos y le dio una de las mitades a Germán, y siguiendo sus indicaciones se lo metió en el bolsillo de la camisa porque tenía las manos ocupadas, sin muchas esperanzas de que aquel tipo le llamase, creyó que más bien debía de haber pensado que le habría intentado ligar el muy retrogrado, le sonaba de algo, pero no sabía de qué.

Al volver al sitio que había estado ocupando no podía quitar su mirada de Esmeralda, menos mal que ella estaba delante y la mujer con la que iba no podía alegar que estaba fijándose en ella, ahora  tenía el pelo más largo que nunca, más brillante que antes, se movía sinuosa, como nunca,  iba preciosa vestida, aquel estilo Boho que siempre le gustó le quedaba realmente bien.

Antes de que el concierto terminase la pareja pareció que se iban, y eso le puso a Ricardo el corazón a mil por hora, algo le quemaba en el pantalón y no era la erección, observó que ella se adentró en la arena de la playa, y él le dijo a aquella chica que iba a echar una meada, que le esperase allí.

Con cuidado de que Esmeralda no se percatase de que estaba siendo seguida se mantuvo a una distancia más que prudencial de ella, era fácil de ver porque iba con una camisa blanca con borlas de colores, lo que la hacía muy visible la oscuridad.

Él llevaba un gorro de una marca de Ron que le habían regalado en la barra, cuando se cruzó con ella intencionadamente, sin mediar palabra, le introdujo en el bolsillo del holgado pantalón el otro pedazo de papel con su nuevo número de teléfono y un breve pero revelador mensaje:

 

Volver a verte ha vuelto a reavivar mis sentimientos por ti.

Te amo, como antes, como siempre.

R

 

Y a continuación había anotado su teléfono.

Germán y Esmeralda caminaron disfrutando de la cálida noche de verano y cantando las canciones que ella había grabado durante el concierto, las había subido a sus redes sociales sin notar que le habían clonado el teléfono.

Le dijo a aquel chico que no le apetecía quedarse en su casa, ni tampoco que él fuera a la suya, se despidieron y ella se dirigió a darse un baño a la siguiente playa, la más cercana a su casa y mientras se bañaba alguien que la observaba desde la orilla le robó el móvil y las zapatillas, pero apiadándose de ella le dejó la ropa, las llaves de casa y no le robó la cartera porque no la encontró.

 

Un comentario Agrega el tuyo

  1. Ya se extrañaban estos relatos…

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